5 horas con...
Se despertó tarde y asustada, sin saber donde estaba, pasó un minuto hasta que se dio cuenta de que estaba en su cama, la misma en la que se despertaba desde hacía más de un año, pero no vio una puerta siempre abierta a la altura de sus ojos, ni unas cortinas azul eléctrico casi a sus pies, y se desconcertó.
Se vistió rápido, cogió su paquete de cigarrillos y su reproductor de música. Bajó los cinco pisos que le separaban de la calle saltando los escalones de dos en dos, siempre utilizaba el ascensor, pero ese día tenía prisa, nadie le esperaba en ningún lado, pero sentía la necesidad de correr, de huir, aunque no sabía de qué o de quien.
Y con la misma prisa llegó a aquel inmenso parque, a su banco escondido del resto del mundo, hacía tiempo que no iba allí, pese a que fuese el lugar donde solía ir cuando quería desaparecer y que durante los últimos meses no había querido hacer otra cosa.
Encendió el primer cigarrillo. Pese a que había corrido con todas sus fuerzas hasta allí con la esperanza de que su mente se quedase atrás, no tuvo suerte y se resignó a tener que compartir el humo con sus pensamientos.
Esos pensamientos contradictorios, que la hacían dudar de todo y de todos, pero sobretodo la hacían dudar de sí misma. De cada decisión, pasada, presente o futura; de cada pensamiento o sentencia, pues era consciente de que seguramente cambiaría de opinión en poco tiempo; de cada sentimiento, pues al verse incapaz de expresarlo con palabras dudaba hasta de si era real; de cada relación que mantenía con el resto del mundo.
Todo el mundo duda, en mayor o menor grado, pero a ella, desde que lo descubrió, le había calado tan hondo el discurso de Descartes, aquel que dice que se considera falso todo aquello en lo que se encuentre el menor indicio de duda, que todo lo cuestionaba, sin planteárselo, le salía así sin más.
Tenía tan bien aprendido su papel. Sabía como actuar con cada persona y, pese a que las mentiras era lo que más odiaba en el mundo, tenía una capacidad innata para mentir, aunque a ella le gustaba decir que jugaba a inventarse la realidad. Lo hacía tan bien que ya no sabía quien era ni qué quería en verdad. Utilizaba las mismas frases una y otra vez, intentando que a fuerza de repetirlas se convirtiesen en ciertas. Qué ilusa, toda su vida lo había hecho y aún no había pasado.
Sólo tenía clara una cosa, que la necesidad que sentía de huir era tan real como grande. Pero ya lo hizo una vez y no sirvió para nada, por que por muy rápido que fuese, su mente continuaría con ella.
Sólo le quedaba una calada al último cigarrillo, ya casi era de noche y pensó que ya iba siendo hora de volver a casa, aunque nadie la esperase.





abril-ale dijo
Muchas veces tratamos de escapar de la realidad inventándonos un mundo q no es el nuestro. Lo adornamos, lo vivimos, lo disfrutamos y a fuerza de repetirlo nosotros mismos vamos creyendo en el. Pero siempre llega el momento de despertar y enfrentarnos con nosotros mismos, con nuestra realidad y el choque es brutal, es brutal y nos damos cuenta que no podemos retroceder, que debemos continuar siendo protagonistas de esa película que nosotros mismos creamos. Los demás, son solo espectadores.
Lo más triste es enfrentar esa realidad en soledad, en una fría y cruel soledad.
Linda, buena semana.
Besos.
3 Mayo 2010 | 03:11 AM